sábado, 3 de abril de 2010

EL DESAFIO DE SABER DISTINGUIR



EL DESAFIO DE SABER DISTINGUIR LO VERDADERO DE LO FALSO
Jesús Jimenez Laban
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El estudiante quiere saber el qué, cuál, dónde, de quién, para qué sobre estudios de postgrado para asegurar su crecimiento profesional y estabilidad en el empleo. El exportador necesita conocer con anticipación cómo le va a ir a los importadores de sus productos para hacer préstamos o producir menos. El ama de casa quiere conocer cómo estirar el presupuesto para que la plata alcance en el día a día.
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Hay hambre de información por todas partes. El público se satisface a sólo un clic desde una computadora conectada a la red, una lista de titulares en las redes sociales puestas en la pantalla de un televisor en un aeropuerto, una estación de tren o simplemente desde un teléfono inteligente. Y es que las noticias que antes eran para muchos difíciles de obtener, son captadas rápidamente por ellos como al aire que respiran.
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Pocos quedan en actividad de la era de la escrituralidad, el tiempo de los libros físicos, las máquinas de escribir y los teletipos. Otros, que pertenecen a los tiempos de la oralidad –la radio y la televisión convencionales- siguen vigentes. Dentro de poco, tomará fuerza la era de la virtualidad, la convergencia del televisor, la computadora y el teléfono en un solo aparato. La novedad no será el dispositivo sino los servicios agregados que trae consigo y que aumentan en valor de las vidas de los usuarios. Esta era, si bien no es excluyente, pertenece eminentemente a los jóvenes, cuyos códigos son conocidos entre ellos. Y muchas cosas van a cambiar desde la aplicación de la tecnología de reconocimiento y data personalizada.
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Por eso, los políticos, que vienen de los otros tiempos, están desesperados. Y con ellos muchas personas que no conocen los códigos del conocimiento. Es difícil retener el interés de los jóvenes, pero estos son los que dominan los medios. De hecho, mas impacto tiene un “reality show” que un discurso en un parlamento. Algunos han tratado de captar a los jóvenes por medio de las redes sociales, pero es la escasa credibilidad de los políticos lo que quita el encanto de los jóvenes. Es el mismo problema que tiene el educador, que busca hacerse entender a través de juegos interactivos o el empresario que quieren vender sus productos y servicios ingresando al nuevo mundo virtual, el “second life” de la juventud. Por ello, no pocos políticos, empresarios y líderes de opinión, quieren ser como son estos nuevos medios: conversacionales, amigables, emocionales y sin pedir nada a cambio.
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A la luz de estos hechos, la noticia se ha vuelto global, instantánea e interactiva. Sin embargo, esta nueva cultura mediática trae problemas de diferenciación entre el bien y el mal. Es decir, a muchos les cuesta diferenciar lo verdadero de lo falso por la abundancia de información. Lo que quiero decir es que si bien las noticias no cuestan, pueden generar destrucción antes de ser entendidas, evaluadas o consideradas; y el hecho que las fuentes sean indeterminadas y, por tanto, no confiables, trae problemas para conocer la verdad, especialmente en un mundo de periodismo instantáneo que, si no se ejerce con responsabilidad, puede destruir reputaciones e invadir de manera vulgar la privacidad con solo hacer clic en una computadora, televisor o teléfono.
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Aunque nos critican los políticos, filósofos, algunos periodistas y el público en general, lo cierto es que el poder de la prensa ha crecido, especialmente desde que las noticias vuelan en la era del chip, de internet, la web y las redes sociales. Del mismo modo, el periodismo es un trabajo para apóstoles (porque evangeliza con la verdad) y un privilegio (porque da el poder de informar a la opinión pública con libertad y responsabilidad), pero la prensa ha caído en la paradoja de su propia existencia .
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La prensa tiene poder para hacer un mundo más limpio de la contaminación, prevenir la proliferación nuclear, forzar a los políticos a reducir la pobreza, medir la calidad de la salud y salvar vidas de millones de personas. Sin embargo, debemos reconocer que damos pie a los chismes, los rumores y los hechos sin verificar. Nos hemos convertido en promotores del sexo, la violencia, el sensacionalismo en línea. (Clinton Lewinsky, OJ Simpson), salvo raras y honrosas excepciones. Se ha perdido la seriedad desde los tiempos de Watergate en la mayoria de paises del mundo.
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Algunos periodistas –para no generalizar- se consideran libres para revelar actos, cosas o hechos. Pero están sumergidos en la paradoja de la digitalización, el sensacionalismo y la oportunidad perdida de traducir los mensajes de los pueblos.