domingo, 4 de enero de 2009

LA IMPORTANCIA DE LA EFICIENCIA EN LA LUCHA CONTRA LA POBREZA

Licenciado Jesus Jimenez Labán.
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Los programas sociales reparten dinero a la gente, brindan asistencia a las municipalidades e impulsan proyectos familiares. Podría decirse que hay “chorreo” de billetes, pero hay un caño abierto por donde se produce la fuga del gasto destinado a la lucha contra la pobreza –no gasto social del Estado- que no supera el 10% del presupuesto nacional.
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En un momento en que el crecimiento será menor este año 2009 y el próximo, no podemos darnos el lujo de perder recursos. La única forma de reducir la pobreza es asegurar el crecimiento del país, de manera que si el Perú se estanca un poquito, la pobreza recuperará terreno y eso es malo.
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En el pasado la peor carga en los esfuerzos de lucha contra la pobreza fue la hiperinflación, fenómeno superado. Sin embargo, quedan otras cargas, tales como la deuda externa y la deuda previsional, temas que no son de discusión porque es un tema de obligaciones insoslayables.[1]
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Entonces, ¿de dónde hay que echar mano para no descuidar la atención a los que menos tienen y realmente necesitan de ayuda? La respuesta es simple: la eficiencia. La eficiencia apunta a la eliminación de la duplicidad de entidades, la superposición de programas, duplicidad de recursos, filtración y excesivo gasto administrativo.[2]
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En un comienzo en México y en Brasil, por cada dólar invertido en los pobres 80 centavos se quedaban en los bolsillos de particulares. Cabria preguntarse en el caso peruano, cuántos centavos quedan en la burocracia, la administración y los pobres mentirosos por cada dólar de inversión social?
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Es una simple pregunta cuya respuesta puede significar no repetir los errores de la década de los noventa durante la cual el Peru gasto cuatro mil millones de dólares en 15 programas de alivio a la pobreza, de los cuales 8 estuvieron dirigidos a niños menores de 5 años. Al final, sin embargo, por razones de duplicidad de funciones, el 38% de los beneficiarios resultaron no ser pobres y 6% de los niños de 2 años todavía presentaba anemia en el año 2000.
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Curiosamente, varios gabinetes de los últimos tres gobiernos han insistido en este punto, pero no se hace caso.
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Si este tipo de cosas ocurren, el dispendio realmente es un crimen económico. No hay que olvidar que la tasa de pobreza total del país alcanza el 39.3% de la población[3] y se proyecta bajarla a 30 % en el 2011, concentrándose la pobreza extrema –donde están presentes todas las necesidades- en la sierra y la selva.[4]
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Si no existe una alianza sincera entre Estado y mercado, reducirla será una tarea de largo aliento. Por ello, a mi modo de ver, el fortalecimiento de toda política social pasa por optimizar la eficacia de los programas sociales, participación del sector privado, promoción de oportunidades económicas y una red social que priorice la seguridad alimentaria.
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[1] BEATRIZ MERINO LUCERO, Exposición Consejo de Ministros, Julio 2003
[2] CARLOS FERRERO, Exposición Consejo de Ministros, Enero 2004
[3] INSTITUTO NACIONAL DE ESTADISTICA E INFORMATICA, Peru, incidencia de la pobreza total, 2008
[4] ALAN GARCIA PEREZ, Mensaje a la Nación, Julio 2008