domingo, 12 de julio de 2009

CUANDO EL PERÚ VIENE A TI




CUANDO EL PERÚ VIENE A TI
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Jesús Jiménez Labán
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Cuando asistimos a un clásico entre Universitario de Deportes y Alianza Lima, unos nos ponemos la camiseta crema, otros la blanquiazul. En cambio, cuando se trata del Perú, son los colores blanco y rojo los que lucimos todos con orgullo en una misma camiseta. Así es o debe ser el Perú: un núcleo macizo de unión y de hermandad, por lo menos eso es lo que queremos y buscamos -sin nacionalismos mal entendidos- para nuestro País.
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Esa unión –predominio inca junto con un crisol de razas- es lo que nos hace fuertes. La identidad peruana pasa por conocer las raíces y todas las sangres que fluyen por nuestras venas. Por eso, con orgullo y emoción, podemos decir todos somos parte del Perú y el mundo es parte del Perú. Unidos hacemos la fuerza para recordar nuestra historia, valorizar lo nuestro y crear espacios de progreso y prosperidad para las nuevas generaciones.
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La identidad es aquello que habla al alma sobre quiénes somos, de dónde venimos y cuál es nuestra misión. Es muy difícil explicar, por ejemplo, esa alegría que nos rodea a todos con ese ¡rompe! que emerge del corazón de un chinchano cuando escuchamos la rítmica y contagiante música de un landó de nuestro folklore negro. Nada más hermoso que escuchar y bailar un huayno chispeante, un vals alegrón y una sabrosa marinera, para no hablar del dúo Zambo Cavero-Oscar Avilés y su tema “Contigo Perú”, que hace llorar a muchos de emoción en la celebración de la Fiesta Nacional.
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No sólo la ciudadela de Machu Picchu, la música folklórica, criolla, vernacular y afroperuana, expresan la fuerza del Perú. Los buque insignia de la peruanidad son también las deliciosas expresiones de nuestra cocina: el pisco sour, el ceviche, el picante de cuy, el arroz con pato, el ají de gallina, los juanes, por citar sólo algunas. Además de nuestra arqueología y gastronomía –qué duda cabe- Kina Malpartida, Campeona Mundial de boxeo –categoría superpluma-, se ha convertido en ejemplo del peruano que saca la cara por su país.
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Con sorpresa nos mira la comunidad internacional cuando algún peruano empuña su bandera y la hace flamear desde las butacas de un teatro para aclamar a su compatriota, el tenor Diego Flores, o cuando comunidades enteras desfilan por el mundo ondeando nuestra enseña patria o cubriéndose con la bicolor para mostrar al mundo una victoria del Perú.
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Alrededor del Perú, como un sentimiento profundo, podemos alcanzar el sueño de la unidad. ¿Acaso no es cierto que ello ocurre cuando suben al escenario Eva Ayllón, Edith Bar, Gianmarco, Pedro Suárez Vertiz o alguna afamada personalidad del teatro, cine o de la cultura peruana?
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Nuestros compatriotas que viven en el exterior dan fe de que cuanto más lejos estemos de nuestro país, más nos acercamos y más lo amamos. Por eso, en estas y en otras fiestas pronuncian –como muchos en Perú- un resonante y peruanazo ¡Viva el Perú, carajo!
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Sin ir muy lejos, este sentimiento de unión se manifiesta frecuentemente con la religión a través de la venerada imagen de El Señor de los Milagros, alrededor de la cual se congregan a todos los peruanos sin distinción de razas, credos u opiniones. La fe unida al sentimiento del Perú también se hace patente con las misiones de médicos que silenciosamente aportan su ciencia en las regiones más abandonadas –Huancavelica, Cerro de Pasco, Ayacucho, Puno; o con actividades filantrópicas, a través, por ejemplo, de la Asociación Niño Jesus de Praga, que promueven peruanos en el exterior para salvar a los niños huérfanos y hacer caritas felices. Es la articulación de la solidaridad de gente que se convierte a los pobres, vale decir, se identifica –actúa sin dudar- con los peruanos más vulnerables.
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En el evento más importante del Perú, la celebración de su Fiesta Nacional, cabe señalar que alrededor de la solidaridad se pueden hacer muchas cosas positivas y constructivas.
En realidad, -¿quién lo podría negar?- todos somos el Perú. El maestro que vela por un mejor futuro para nuestros hijos. El ambulante, el canillita, el lustrabotas, el “palanca” de un microbús que se convierten en emprendedores porque quieren un cambio en su vida; el nativo, el campesino, el trabajador y el obrero que generan riqueza. El empresario que produce y crea empleo, el burócrata que pisa el acelerador para hacer cosas en menos tiempo. Corre por nuestra sangre el color rojo de nuestra patria, la tierra de los vivos y de nuestros muertos. El Perú es la tierra que debemos amar poniéndole corazón a la concordia en lugar de la pelea, a la conciliación en vez de la controversia y al bien común en lugar de la autodestrucción del país.
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El Perú es un sentimiento. Por ello, no nos dejemos pisar el poncho, dejando que otros promuevan la desunión, desintegración e indiferencia por nuestros propios compatriotas.
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La fuerza del Perú –hay que decirlo otra vez- está en la unión de todos. Y es que hay más cosas que nos unen que las que nos dividen: la fe en la esperanza, la bandera, la música, la tradición, la cultura, nuestra reconocida característica de ser trabajadores y de ser los “reyes del recurseo” cuando una labor formal nos es esquiva.
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Por eso, es tiempo de actuar y no dudar, de buscar y encontrar la reconciliación –llevarse bien con todos y no tomar las cosas a pecho sino saber perdonar y olvidar sin que esto signifique tolerar la injusticia y la ilegalidad- alcanzar estabilidad en el largo plazo, esperanza de que nuestros hijos tendrán un mejor futuro que nosotros, seguridad que los padres les entregarán un legado con valores y que la presente generación se integre al mundo con emprendedorismo, creatividad e innovación.
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Este no será nunca un país –como lo afirma Basadre- donde dominen los podridos, los incendiarios y los retardatarios. Este es un país que ama la libertad. Por eso, la primera estrofa de nuestro himno nacional, “Somos libres, seámoslo siempre…” cobra cada vez más importancia y gravitación en la vida de nuestros pueblos. Felices Fiestas Patrias. ¡Arriba Perú!