jueves, 25 de noviembre de 2010

¡SEÑORES, QUE PASA CON EL CONSENSO!

¡SEÑORES, QUE PASA CON EL CONSENSO!


JESUS JIMENEZ LABAN

Con frecuencia escuchamos y vemos que en el Perú se habla de cambio de modelo económico. Esto es dañino y perverso si pensamos en el dolor de la población. Aquí no se defiende las bondades de uno o de otro modelo económico sino que su transición de uno a otro es siempre complicada y tiene impacto directo en el bolsillo de la gente.


El programa económico del ex presidente Fernando Belaúnde se truncó en su primera administración con un golpe de estado que sumió al país entero en un largo callejón oscuro de una dictadura de 12 años. El modelo revolucionario –como lo llamaban Velasco y Morales Bermudez- era en realidad un experimento socialista –como se conocía entre los inversionistas- , pero este régimen que había nacido como una supuesta solución al regimen democrático ejercido por Belaúnde, pronto terminó en la desesperación popular que se volcó a las calles y que terminó en negociaciones con los organismos financieros, arreglos de deuda externa y la convocatoria a una Asamblea Constituyente en 1978 que dio a luz la Constitución de 1979.


De vuelta al poder, Belaúnde –un hombre bien intencionado- aplicó una política heterodoxa que se hundió por el fenómeno de El Niño, complicaciones en el pago de la deuda pública y la violencia terrorista que se incubó durante la dictadura. En medio de estos vaivenes político económicos, la gente pagó la factura otra vez, de manera que cuando llega la primera administración del presidente Alan García, la gran esperanza de grandes mayorías era por un cambio. El acento izquierdista que da el gobernante a su política económica, se basó en el control de precios, control de cambio y control arancelario, pero el crecimiento de los años 1987 1988 queda sustentado en el dispendio de reservas, aparente bonanza que los ciudadanos pagaron después en su máxima expresión en el histórico "salinazo".


Pronto llegó la hora de la realidad y con ello el rompimiento con los organismos financieros internacionales. Sin entrar en mayores detalles, la factura que tuvo que pagar el poblador fue alta cuando -ya durante el gobierno de Alberto Fujimori- se dio un severo ajuste fiscal para estabilizar la economía -Fujishock- y el recrudecimiento del terrorismo. Es decir, la reinserción en los circuitos financieros, el entendimiento con el Fondo Monetario Internacional, el Banco Mundial –incluyendo el Grupo de Apoyo y el Club de París y Plan Brady- y la pacificación fueron un precio alto para el poblador promedio por los enormes recursos que tuvo que asignar el Perú –como no podía ser de otro modo- para honrar sus compromisos, dejar de lado la política del perro muerto y pacificar el país para seguridad ciudadana y de las inversiones, motor del desarrollo y crecimiento económicos.


Fue ésta una reforma económica y social que no solo vino con un ajuste y restablecimiento del crédito internacional, sino también con profundos cambios en los aspectos tributarios, fiscales, pensionarios, cambiarios, arancelarios etc., en la cresta de una gigantesca ola de liberación del mercado y del comercio local e internacional que incluyó programas sociales que aun se implementan en un proceso que no concluye en la lucha contra la pobreza, programa que deberá reorientarse hacia el empoderamiento de la gente, acceso a los microcréditos e internacionalizacion de sus pequeños negocios, lo cual no puede alcanzarse si una nueva orientación de la educación.


Si bien es cierto, desde 1997 se produjo cierta desaceleración en las reformas económicas con el consiguiente malestar económico de la población –seguido por efectos de las crisis financieras de Asia, Rusia, Brasil-, en los comienzos de la década que termina –pese a la crisis política por la caída del presidente Alberto Fujimori, los destapes de la corrupción y la mision estratégica por la estabilidad democrática del gobierno transitorio de don Valentín Paniagua y otras complejidades del activismo social- las reformas económicas se han mantenido -sea con el presidente Alejandro Toledo o el presidente Alan García- en pie a punta del sufrimiento de los que menos tienen porque son ellos los que con su esfuerzo, sacrificio, trabajo han financiado el cambio de las reformas.


Al parecer cuando hablamos de cambio de modelo económico nos acordamos de los dirigentes políticos, pero olvidamos estos antecedentes de un pueblo que siempre carga sobre sus hombros los aciertos o desaciertos de los gobiernos. Los grandes ajustes económicos se han dado antes del inicio de uno y después del comienzo de otro, todos con serio e intenso sufrimiento del hombre de la calle. 


Por supuesto, estamos de acuerdo con que el brillo de las reformas hasta ahora avanzadas nos ilumine a todos. En el contexto actual, unos han crecido exponencialmente mientras otros creen que las cosas han mejorado levemente, siguen igual o han empeorado.


Entonces de lo que se trata es de alcanzar un consenso –entre las élites y las dirigencias populares- para ser más inclusivos, incluir a más gente con el brillo de esas reformas, lo cual supone poner en marcha el Acuerdo Nacional y auspiciar la cohesión de los diferentes niveles de la vida de la Nación. Si alguien pretende echar gasolina a la candela, ha perdido el reloj de la historia y está de espaldas a la realidad.


Las propuestas de seguridad ciudadana y una mejor distribución de riqueza con menos corrupción podrían reducir en gran medida el desencanto que tienen los ciudadanos en el Perú por la democracia, según encuestas serias. Sólo en un cerebro tan retorcido como el de los resentidos o retardatarios, podría pensar en un espacio para una nueva aventura. Y cuando hablamos de cohesión, estamos diciendo acabar con el divorcio entre movimientos liderados por caciques en los ejes locales y regionales y representantes en un Parlamento sin representación de las bases. Fragmentar el país en movimientos que no están conectados con los otros ejes del poder  es un contrasentido que afecta la gobernabilidad de un país.  Una democracia que    tiene vasos comunicantes entre los de arriba y de los abajo, requiere de una articulación fina  entre los ejes del poder: nacional, regional y local.


Los partidos políticos tienen que fortalecerse, independientemente de los defectos que muestran. Son la única columna vertebral de la democracia, de manera que está en los candidatos presidenciales no ir por el lado de la confrontación –actitud que hará frotarse las manos a los aventureros- sino por el camino del dialogo y la conciliación, algo que significa ceder posiciones en nombre de la viabilidad democrática que reclama respeto a la libertad de expresión, a la propiedad, la seguridad y que exige un golpe de gracia a la corrupción. Y no caer en provocaciones desgraciadas.


Señores, los medios de comunicación –ahora más que nunca- tienen una misión delicada que cumplir. Esta no exige más que libertad para saludar lo bueno y criticar lo malo, aportar propuesta al servicio del bien común y ejercer la profesión con neutralidad sin apasionamientos ni compromisos con los bandos. A falta de partidos sólidos, la democracia se mantendrá en pie con una prensa libre para alcanzar la verdad, base de la justicia de los pueblos.